¿Qué futuro estamos defendiendo?

El 6 de agosto, antes de llegar a la movilización frente al Congreso, Lula pasó la mañana dando clases en una secundaria de Quilmes. Con sus estudiantes habló de recursos naturales, cuidados, pertenencia y soberanía. Horas después estaba en una calle atravesada por la lluvia, los gases y el hidrante, mientras en distintos puntos del país se multiplicaban las acciones en defensa de la tierra, el agua y los territorios. Dos semanas más tarde, la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada impulsada por el gobierno de Javier Milei sigue su camino en Diputados. Entre el aula y la calle, una misma pregunta: qué necesitamos conocer para defender las vidas y los territorios que queremos habitar.
Por Daniela Cardano
Un estudiante habló de los recursos naturales como un regalo de la naturaleza. Otra estudiante agregó que, si eran un regalo, había que cuidarlos. La conversación siguió por la reciprocidad con la Pachamama, los pueblos originarios, la explotación de los recursos y el sentido de pertenencia.
Era la mañana del 6 de agosto y Lula, socorrista de La Revuelta GBA y docente, daba clases en cuarto y quinto año de una secundaria de Quilmes. Ese día, cuenta, “por supuesto que no hubo nada más de qué hablar que no sea de esto”.
Cuando les preguntó si esas conversaciones también aparecían en sus casas, miró sus caras y sintió que algo sucedía. Que frente a una discusión que podía parecer lejana (una ley, una sesión del Senado, tierras, recursos naturales) aparecían preguntas que tocaban directamente sus propias vidas. ¿Por qué no hablamos de esto? ¿Dónde encontramos espacios para hacerlo? ¿Qué sabemos de aquello que queremos defender?
“Ante la pregunta de qué está en juego es la vida de ellos y ellas. Cuando hablamos de vidas dignas y mundos posibles hablamos qué posibilidades hay de futuro y cuál es el futuro, cómo se habita un futuro posible y digno con soberanía y sin soberanía”, dice Lula.
Hablaron también desde los derechos. De la posibilidad de decidir, de cuidar aquello que sostiene la vida y de construir un sentido de pertenencia que no esté separado de la solidaridad con otres ni con el territorio que habitamos. Para Lula, en esas conversaciones la escuela recupera una dimensión que va mucho más allá de transmitir contenidos: “ahí la educación cobra sentido, alza la voz”.
Una educación que habilita preguntas que muchas veces quedan afuera de otras conversaciones y que permite leer lo cotidiano desde los derechos, los cuidados y las relaciones de poder. Si la ESI nos enseñó que los cuerpos, los vínculos y las decisiones sobre nuestras vidas también son asuntos políticos, la conversación de esa mañana ampliaba la pregunta hacia los territorios donde esas vidas se desarrollan: qué agua bebemos, qué tierra habitamos, qué podemos decidir sobre ella y qué futuro es posible imaginar.
Lula lo plantea como una disputa de sentidos. Habla de un gobierno que pone en discusión “el sentido de pertenencia y el sentido de solidaridad entre nosotros y hacia el territorio que habitamos”, y también las formas en que nos relacionamos con la tierra, los recursos y la naturaleza.
Por eso aparece un desafío anterior incluso a salir a defender algo: conocerlo. “Para entender lo mal que está todo esto y defender lo que es importante, primero hay que conocerlo”.
Horas después Lula ya no estaba en un aula. Caminaba hacia el Congreso para participar de la movilización contra la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada impulsada por el gobierno de Javier Milei. La escena porteña era parte de una jornada que había llevado la defensa de la tierra, el agua, los bienes comunes y la soberanía a distintos puntos del país.
Del aula a la calle
Para Lula, poner el cuerpo no empieza ni termina en una marcha. Es también “poner palabra en todos los espacios que habitamos, en las aulas, en los talleres socorristas, mesas familiares, grupo de amigues”. Una forma de disputar sentidos en un cotidiano marcado por el agobio laboral, las condiciones materiales que no alcanzan, las tareas de cuidado, las presiones y “un bombardeo de crueldad como estrategia de políticas de gobiernos de pisarnos las cabezas”.
Frente a eso, encontrarse con otres produce otra cosa. “Cuando hay momentos de encuentro, de estas marchas, hay como una sensación de alivio y de abrazo, un abrazo colectivo. Decir: bueno, somos un montón que estamos en esta, sintiendo y deseando que esto se termine. Estamos convencides de que la salida es colectiva y en la calle, habitándola, poniendo el cuerpo y poniendo palabras”.
En la marcha del 6 de agosto, Lula vio muchas personas que habían llegado sin estar encolumnadas detrás de organizaciones o banderas partidarias, gente autoconvocada, grupos de amigues que sintieron la necesidad de estar ahí. Habla de bronca y enojo, pero también estaba presente “la militancia de la alegría, desde el goce, desde la fiesta”. Caminaba hacia el frente del Congreso acompañada por una murga del Club Antifascista, cantando y bailando, hasta que la escena cambió de un momento a otro.
“Fue de un momento para el otro con gases y el hidrante. El gas nos llegaba a la cara, nos hacía picar la garganta en medio de la lluvia”. Para algunas de las personas que estaban allí, dice, era la primera vez frente a una represión policial: “Ah, esto era que te reprima la policía, esto era sentir un gas en la garganta, en los ojos”.
Pero hay otra imagen de aquella tarde que a Lula todavía le queda dando vueltas: la gente no se quería ir. “Empezaron la represión, retrocedimos pero volvimos, seguíamos estando en la calle”.
Lo que la calle consiguió
Cuando llegó el 6A, la organización que venía creciendo en distintos territorios ya había producido un primer resultado. Después de semanas de rechazo, movilización y dificultades para conseguir los votos, el oficialismo había retirado del proyecto el capítulo sobre extranjerización de tierras. Durante esa misma sesión también tuvo que eliminar el capítulo que modificaba la Ley de Manejo del Fuego. El Senado terminó dando media sanción al texto recortado por 37 votos contra 33.
La ley no cayó. Pero tampoco salió del Senado como el Gobierno pretendía.
Dos de los capítulos que habían encendido las alarmas quedaron en el camino. Y eso importa porque permite discutir una idea que aparece una y otra vez cuando el cansancio empuja al repliegue: sí sirve organizarse, sí sirve salir, sí sirve insistir.
Lula habla justamente de esa insistencia. “A pesar del agobio y condiciones que tiran para abajo, bueno, es insistir, la insistencia de hacer, de decir, denunciar, expresar, señalar, identificar todo lo que está mal”.
Pero también se pregunta qué quedó después de aquella tarde: “particularmente esto del deseo de que no haya sido una represión más, de que sea un redoblar la apuesta en las calles en la sesión que pasa a Diputados”.
La discusión sigue
Veinte días después, el proyecto ya está en la Cámara de Diputados. La ficha parlamentaria oficial registra la media sanción del Senado, su pase a Diputados y el giro a las comisiones de Asuntos Constitucionales y Legislación General.
Lo que sigue avanzando ya no incluye Tierras Rurales ni Manejo del Fuego, pero mantiene otros puntos. Entre ellos, modificaciones al régimen de expropiaciones y un capítulo que, según explicó el propio oficialismo durante la sesión, busca agilizar los procesos judiciales de desalojo.
Por eso aquello que se discutió aquella mañana en un aula de Quilmes y después se puso en el cuerpo en las calles de distintos puntos del país nunca fue solamente quién puede comprar una hectárea. También es quién puede permanecer en un territorio, quién puede ser expulsado, qué significa tener soberanía y qué posibilidades de futuro quedan cuando la tierra, el agua, una vivienda o un bosque son pensados solamente desde la propiedad y la rentabilidad.
“No nos alcanza” fue una de las consignas con las que se llegó a las calles. Y sigue teniendo sentido: dos capítulos quedaron afuera, pero la ley continúa su recorrido. Sin embargo, tampoco pasó en vano.
Aquella mañana un grupo de adolescentes hablaba con su docente de conocer para poder cuidar. Horas después, mientras las calles se ocupaban en distintos lugares del país, frente al Congreso una multitud retrocedía ante la represión y volvía a avanzar. Entre una escena y la otra hay algo que Lula nombra como una necesidad: poner palabras, encontrarse, insistir.
“Está emergiendo algo más que ojalá podamos sostenerlo, que tengamos la sabiduría como pueblo de bancar los trapos”, finalizó.
