“En nuestro pasado está la potencia de lo que podemos proyectar hacia el futuro”

Foto: Lucía Silva Musso
En 2022, Agustina Paz Frontera comenzó un proyecto de escritura e investigación que dio por resultado la publicación de ¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical (Siglo XIX). En esta conversación, abordamos algunas cuestiones que la autora profundiza en el libro.
Por Laura Rosso
Uno de los grandes interrogantes del libro -o punto de partida- es ¿qué es hacer política feminista? En esta coyuntura donde “la batalla cultural de la derecha radical” se muestra mucho más virulenta, ¿cómo tensionan estos rasgos antifeministas?
-Me parece que el antifeminismo no es solo una “batalla cultural”, sino parte de un proyecto más amplio que busca deslegitimar la justicia social, los derechos humanos y la intervención del Estado (incluso en la soberanía nacional). Es decir, no es una batalla “meramente cultural” (para usar el término de Judith Butler), es una racionalidad que se proyecta con trolls pero también con tanques y que afecta nuestra subjetividad, nuestra vida cotidiana y también el destino de nuestros países. La derecha radical logró dominar el marco de la conversación global, especialmente a través de las redes sociales y en ese entramado empresarial tecnológico que hoy nos gobierna, hay una verdadera casta que disemina de forma constante partículas de antifeminismo y una fe ciega en la financiarización del mundo.
¿Qué queda del tiempo de la masividad feminista?
-El tiempo de la masividad feminista y del consenso respecto a los avances que promueven los feminismos parecieran haber quedado atrás, pero eso no quiere decir que no estemos ahora mismo construyendo, disputando, y haciendo política. No me parece productivo pensarnos derrotadas, sí condicionadas. Sobre esta cuestión me resuena mucho una conversación que tuve con Nayla Vacarezza respecto a su libro Las pasiones alegres del feminismo, donde ella insiste en la temporalidad feminista y el amplio campo de acción que tenemos más allá del la idea de derrota del presente.
Estas acciones, narrativas y pensamientos antifeministas merodean la comunicación pública, ¿las percibías al momento de empezar tu trabajo?
-Cuando decidí volcarme a este libro, hace cuatro años, si escuchábamos un poquito las redes sociales y la conversación mediática observábamos que en términos muy generales los signos feministas (pero también ambientalistas, pro migrantes, pro derechos laborales) estaban en tensión y disputa. Pensemos en los meses previos a que ganara Milei, hacia el feminismo se construían acusaciones públicas de “curro” hasta de “globalismo”, incluso de “elitismo”, pero también acusaciones morales vinculadas a la normatividad sexual y el pánico moral. Había y aun hay demasiadas maneras de desacreditar y pinchar la narrativa feminista y LGBTIQ acusada (y esto es lo que a mí más me interesa) de estar “politizada” y “partidizada”.

El antifeminismo se fortaleció con el crecimiento de la derecha radical.
-El pensamiento de redes es binario: si es feminista es zurda, si es “gente de bien” no es feminista. Este relato construido desde los poderes más grosos del planeta, que dominan nuestro pulso vital desde la construcción de sentido en Internet y de dinero mediante el capital financiero condiciona nuestro plan, cómo no iba a hacerlo, sería incluso poco sensato de nuestra parte hacer de cuenta que esto no existe. Ahora, ¿qué hacemos en este contexto como feministas, nos abrazamos a ese —supuesto— izquierdismo ultra del feminismo o buscamos despegarnos para conservar una imagen más amable a los ojos de las —supuestas— nuevas mayorías? Este es todo un problema ahora mismo en discusión.
Y además, pensás esas tensiones en un mapa regional de América del Sur.
-Esta ofensiva no es sólo discursiva: busca debilitar los consensos democráticos construidos en las últimas décadas, en nuestras posdictaduras y en los gobiernos populares y progresistas. ¿Qué hace Milei hablando de género en el foro económico de Davos? Entiende que posicionarse contra el género es posicionarse contra el progresismo y entiende que desarmar los derechos de género es necesario para seguir precarizando económicamente las vidas de las mayorías, especialmente de las mujeres. No les importa el género, pero les importa demasiado desarticular la política feminista, eso lo demostraron toda vez que al llegar al gobierno las derechas radicales destruyeron casi al 100% la institucionalidad de género de países como Brasil o Argentina y veremos qué ocurre en Chile ahora con Kast. ¿Por qué pueden hacerlo? Porque al resto del campo de la política partidaria secretamente no le parece mala idea sacarse a las feministas de encima.
¿Qué reflexión traes acerca de narrativas como “nos pasamos tres pueblos” o la figura de “chivo expiatorio» construida alrededor del feminismo?
–El feminismo desapareció del discurso político nacional en las elecciones de 2023, los compañeros tomaron como propia la hipótesis del sobregiro y optaron por sacrificarnos o escondernos. Si nos enfocamos en el caso argentino, desde la asunción de Alberto Fernández a fines de 2019 hasta la aprobación de la Ley de IVE, y los meses que siguieron hasta las legislativas de 2021, se abrió una ventana de oportunidad institucional para la agenda feminista y de la diversidad sexual inusitada, esto ocurría al mismo tiempo que la población se volvía más pobre, se recortaba derechos en pandemia, y el gobierno demostraba una falta de audacia y determinación para protejer los intereses nacionales y de las mayorías que le costó una elección presidencial en 2023. Es en este contexto que fue “demasiado feminismo”. Es interesante observar que en ese período el Ministerio de las Mujeres de Nación gastó el 97% de su presupuesto en programas vinculados a las violencias. No los gastó en diversidad, ni en derechos reproductivos, ni en sexualidad. La plata se usó para las víctimas. Lo que prevaleció es que el feminismo gobernando no produjo medidas a la altura del pueblo, que gobernó alejada de las mayorías más necesitadas.
¿Demasiado poco feminismo?
-Una de mis hipótesis de por qué finalmente esa excursión al Estado resultó en “demasiado poco feminismo” es porque el movimiento aunque cuenta con expertas y recomendaciones internacionales no construyó un programa político sólido que se tome en serio la posibilidad de ser parte de un gobierno. No logramos saltar el cerco del cuarto propio, o los “temas de género”. Tenemos un extenso repertorio de signos y narrativas reclamando visibilidad, que nos escuchen, que nos vean pero ¿qué hacemos “ahora que sí nos ven” (como dice la canción callejera)?, ¿hemos discutido lo suficiente sobre qué hacer? ¿de qué nos sirve una ley aislada, un montón de plata inyectada en un momento en una pequeña parte de la población, si no logramos transformaciones de las mayorías y si no producimos un cambio en las subjetividades que conforman la política y la burocracia?
¿Qué conclusión hacés sobre este proceso de institucionalización feminista?
-Hay que tomarnos la tarea de pensar políticamente con feministas y con aliades, cómo podemos la próxima vez hacerlo inequívocamente mejor, y creo que para eso quienes representen la perspectiva feminista en las instituciones políticas no deben ser ni profesionales expertas formadas en el extranjero y con carrera en la cooperación internacional, ni señoras de la política local que conocen las casa de todos los empresarios y congresistas, debemos construir y apoyar a políticas feministas con vocación de “meterse” en política, como se decía antes, sin miedo a la impureza o a la compañera que ocupa otro lugar en el campo, que está construyendo en la calle o en un barrio o en una ONG. Necesitamos políticas feministas y seguir discutiendo entre nosotras lo que haya que discutir sobre el poder, al mismo tiempo que pintamos banderas antifascistas.
¿Qué espacios hay que atravesar / disputar para que el feminismo no se aleje de la política?
–Yo creo que los feminismos y las diversidades sexuales lograron transformar muchísimas arbitrariedades violentas de nuestras sociedades, pero que no logramos transformar la política, las relaciones de poder dentro de las organizaciones mixtas, sean sindicatos, partidos, frentes, colectivos. La división sexual del trabajo y el reparto injusto de tareas —entre ellas las de cuidado—, constituyen una división sexual de la militancia que sigue bloqueando el acceso de mujeres y personas de la diversidad, y en particular feministas y transfeministas, a las posiciones de poder. Que en estos ámbitos siga habiendo violencia sexual, violencia física, simbólica, que las feministas no sean invitadas a las roscas de los que toman decisiones y que deban construir sus propias roscas paralelas, como nos han contado las entrevistadas, habla mucho de nuestra democracia, de todo lo que falta, de lo “demasiado poco” que nos permitieron hacer.
-Hay un feminismo transnacional potente que persiste a los embates de la ultraderecha ¿cómo describirías el lugar del activismo feminista en un escenario cada vez menos democrático?
-El activismo feminista, primero y principal tiene que desconocer la derrota. No nos vencieron. Seguimos siendo un movimiento con mucha capacidad de reflexión y movilización que promete obstinadamente un nuevo mundo. Si vemos las últimas elecciones regionales (la de Chile, por ejemplo, donde J. Jara dejó claro que su gobierno no iba a tener “ninguna chapa feminista”) ha quedado demostrado que esconder el feminismo no hace que no gane la derecha más rancia de todas. El activismo feminista tiene dos caminos claros en este momento: continuar defendiendo la agenda temática, la que sea en el lugar que nos toca, y, al mismo tiempo, aliarse con las fuerzas locales, regionales o globales que están enfrentando a las derechas rancias y al fascismo y pensando una alternativa superadora.
