Las vías estaban prohibidas para nosotras

Por Daniela Cardano
El 31 de diciembre de 1989, mi mamá estaba embarazada de mí cuando una voz empezó a repetirse en la radio: buscaban a Nair Mostafá. Tenía nueve años. Había salido sola para ir a la pileta del club Huracán de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires y no volvió nunca más.
Su mamá había recorrido primero la comisaría pidiendo ayuda, desesperada. Pero del otro lado le respondieron: “Señora, no moleste, estamos brindando”.
Entonces fue a la radio y el director la dejó pasar al aire. Le dio un micrófono para pedir ayuda en vivo mientras lloraba buscando a su hija. Esa voz empezó a recorrer el pueblo entero, entró a las casas, a las cocinas, a las mesas de Año Nuevo.
Y el pueblo se organizó y salió a la calle.
Mi mamá siempre cuenta que esa noche la dejaron sola en la mesa. Que mi abuela, mi abuelo, mis tíos y tías, los vecinos y vecinas, todos y todas salieron a buscarla. Con camionetas, autos, linternas. Como si encontrarla dependiera de iluminar un poco más fuerte la oscuridad de este pueblo que, por primera vez, parecía darse cuenta que una nena podía desaparecer.
No salió por orden de nadie. No hubo protocolos, especialistas, ni redes sociales. Salió porque el horror era insoportable. Porque una nena faltaba, porque la voz de esa madre llorando en la radio atravesó las casas y se metió en los cuerpos. Porque miles de personas sintieron que esa niña podía ser su hija, su hermana, su vecina.
La buscaron entre las vías, los terrenos baldíos, las quintas, los pastizales. Se alumbraban entre ellos y ellas con las linternas. Se gritaban nombres a la distancia. Había hombres arriba de camionetas, mujeres caminando en grupos, adolescentes recorriendo calles de tierra. El pueblo entero despierto en plena madrugada de Año Nuevo, suspendido en esa búsqueda desesperada.
Hasta que la encontraron asesinada y violada entre los pastizales, entre las vías del tren y el paredón de la Escuela 16.
Y algo se rompió para siempre.
Después vino la bronca. La pueblada. La gente frente a la comisaría exigiendo respuestas, gritando justicia, incendiando patrulleros y el edificio policial porque el abandono y la impunidad ya eran insoportables. Un pueblo entero atravesado por la furia y el dolor.
Durante los siguientes años hubo sospechosos, detenciones, versiones cruzadas, pruebas perdidas. Pero nunca justicia. El crimen quedó impune y el miedo se volvió una forma de crecer.
Yo nací unos meses después, en abril de 1990, pero crecí dentro de esa historia.
Me crié en un pueblo donde las vías eran un límite. Donde las nenas no podíamos cruzarlas solas, donde había calles por las que era mejor no pasar y horarios en los que convenía volver. Crecí escuchando advertencias dichas en voz baja, aprendiendo a mirar para atrás, a caminar rápido, a no confiar demasiado.
Crecí yendo al colegio junto al paredón donde los y las vecinas encontraron a Nair. Pasé miles de veces por ahí. Y aunque muchas cosas no se nombraban, estaban en el miedo de nuestras madres, en las recomendaciones constantes, en esa sensación de que algo podía pasarnos en cualquier momento.
Por eso cuando apareció Ni Una Menos muchas entendimos que aquello que cargábamos desde chicas no era paranoia ni exageración. Era una memoria colectiva hecha de nombres, de advertencias, de mujeres y niñas asesinadas, de madres buscando hijas, de pueblos enteros aprendiendo a vivir con miedo.
El primer 3 de junio marché con mi hijo a upa y desde entonces no falté nunca más. Porque marchar también es abrazar a la nena que una fue, decirle que tenía razón en sentir miedo. Que el peligro existía, que no era culpa nuestra ni culpa de nuestras madres por las advertencias eternas. Que no nacimos para vivir encerradas ni para andar calculando recorridos, horarios o maneras de volver a casa.
El 3 de junio de 2025, mientras marchábamos otra vez, nos llegó la noticia. Un hombre había asesinado a Rocío Villarreal, la madre de sus hijos, y después había matado también a los dos niños. Otra vez el horror cayendo sobre el mismo pueblo, otra vez los nombres interrumpiendo la rutina. Otra vez la violencia entrando a las casas como entra el frío.
Durante días las calles se llenaron de móviles de televisión, periodistas, cámaras y micrófonos de canales nacionales. Otra vez Tres Arroyos convertido en noticia. Y después, como pasa tantas veces, todo volvió a diluirse. Los móviles se fueron, las cámaras se apagaron, pero el horror se quedó acá.
Cuando volví de la marcha, mi hijo me contó que en la pileta donde hace natación habían suspendido las clases por el duelo de uno de los hermanos asesinados que iba ahí.
Y sentí algo difícil de explicar. Como si el tiempo se doblara. Como si aquella radio de 1989 siguiera sonando en alguna parte. Como si mi mamá embarazada escuchando el nombre de Nair y yo escuchando ahora el nombre de esos chicos y su mamá fuéramos parte de una misma historia que todavía no termina.
El horror y el espanto volvieron enteros.
Tuve que decirle que hay violencias que atraviesan generaciones, que hay lugares marcados para siempre. Y sobre todo, que hay infancias que dejan demasiado temprano de sentirse seguras.
De algún modo Nair siguió estando siempre. En las conversaciones, en las advertencias, en las marchas, en el mural que recuerda su cara, su nombre y la impunidad. La memoria también necesita cuidados, necesita manos que rieguen, que nombren. Que sigan sosteniendo aquello que el tiempo y la impunidad intentan apagar.
Tal vez por eso cada 3 de junio sigue siendo necesario. Porque todavía hay niñas creciendo con advertencias en lugar de libertad, porque todavía hay madres buscando justicia. Porque todavía hay pueblos enteros intentando entender cómo convivir con el dolor y la impunidad.
Así entendí que todavía sigo siendo esa nena criada en un pueblo donde las vías estaban prohibidas para nosotras.
