“Encontré el sentido absoluto de mi activismo”

Con Maruja, acompañante de abortos de Red Compañera, Paraguay, continuamos la serie de entrevistas a activistas feministas de la Red Compañera de América Latina y el Caribe.

Por Laura Rosso

Acompañar abortos y ser parte de la Red Compañera es una experiencia política que implica muchas cosas. Para Maruja, acompañar a otres que, como ella, necesitaron abortar, fue encontrar el sentido absoluto de su activismo. Su aborto significó rescatar su proyecto de vida cuando tenía 21 años y estudiaba en la universidad. No lo dudó, pero no encontraba dónde, ni con quién. Lo hizo en una clínica clandestina, sola. Aunque tenía pareja, no contaba con su apoyo ni su comprensión: “Ni siquiera con su aporte monetario -suma- lo pagué con préstamos, porque cuesta carísimo”. Luego el después “se llenó de alivio”. Sin embargo, el proceso fue solitario, culposo y de mucha tristeza: “No saber cómo escaparse del cuerpo, de esa biología”, señala. 

Maruja se hizo feminista cuando abortó. Y mucho tiempo después, activando en redes de salud mental feminista, conoció a sus compañeras de hoy, a las que se unió con entusiasmo. Acompañar abortos desde una perspectiva feminista le demostró lo que intuía, que el aborto puede ser un proceso menos doloroso, con más ternura. “Puede ser un momento en la vida en que quizás por primera vez tengas el espacio de pensar en vos, solamente en vos, en nadie más, en un país absolutamente machista que te dice que sos ‘la kuña guapa’ que tiene que estar para todos los demás, cuidar de todos menos de una misma”.

Por eso, vuelve a subrayar que ese mismo proceso, “con un acompañamiento informado, tierno, que escucha inquietudes, que da el espacio para pensarlo un rato más con la solución ya en las manos, es una acción directa. Pero es también una acción radical que cambia la vida de las mujeres y personas gestantes”. 

¿Cómo crees que cambia esa acción a las personas?

-Las cambia, sin dudas. Las personas terminan aliviadas pero también se van sabiendo que su vida, su proyecto de vida, lo que quieren para ellas, merece que tomen decisiones desde el deseo, desde lo que ellas sueñan para sí mismas, que embarazarse no es una condena, ni tampoco destino, que la maternidad puede llegar cuando una lo decida, o no llegar.

Llegar a la Red Compañera

Desde su Colectiva, Maruja conoció la Red Compañera. Fue a través de una acompañante de Chile que les contó a unas chicas muy valientes de Paraguay lo que ellas hacían en su país. Y ellas dijeron: “Queremos hacerlo”. 

Así comenzó todo y, desde entonces, han estado en  articulación para formarse, para aprender a hacerlo cada vez mejor, para aprender a cuidarse. “Y además, -agrega Maruja- aprender lo que implica políticamente este activismo. Sentir que somos enormes, saber que somos muchas, encontrarnos y abrazarnos, escucharnos, estar atentas a lo que otras compas de otras regiones necesitan y aportar en lo que podamos desde nuestra experiencia, así como también preguntarles sobre cómo resuelven con tal o cual inconveniente”. 

¿Qué particularidades encontraron en la Red Compañera? 

Sobre todo una: hay una dimensión sensible en lo que hacemos. Nos involucramos. Nuestra tarea requiere que hablemos de lo político, de cómo agruparnos para lograr algún impacto en las políticas de Derechos a la Reproducción y no Reproducción, pero también en la importancia de la presencia radical con las personas que acompañamos, la ternura, cuidar sin devorar, que también debe ser entre nosotras, prestar atención a nuestros sentimientos, a que esto tiene que incluir la alegría, el disfrute. 

¿Cómo es la situación en Paraguay respecto del acceso al aborto?

-Existe una prohibición casi total del aborto, regulada por el artículo 109 del Código Penal. No está permitido aún cuando el embarazo es consecuencia de una violación. La única excepción es cuando la vida de la niña, adolescente o mujer embarazada corre peligro. Con la Ley 3440 de 2008, el Código Penal admite la posibilidad de practicar abortos terapéuticos sin que constituya un delito, pero en otras situaciones el aborto sigue siendo un delito. Quienes lo practican pueden ser castigados con hasta cinco años de cárcel. El aborto en casos de embarazo por violación o incesto es ilegal. También es ilegal cuando el embarazo supone un riesgo grave para la salud -sin poner en peligro la vida- y cuando no hay posibilidades de que el feto pueda sobrevivir fuera del útero. 

¿Cómo se leen todas estas prohibiciones?

-Como una guerra contra los cuerpos de niñas, mujeres y personas gestantes. Este país tiene una tasa muy elevada de embarazo adolescente, 72 nacimientos por cada 1000 mujeres de 15 a 19 años, la más alta del Cono Sur, (UNPHA). Uno de cada cuatro casos de mortalidad materna en Paraguay corresponde a una adolescente de entre 10 y 19 años. En este país, tenemos este contexto y también, una romantización extrema de la maternidad en cualquier momento de la vida. A esto hay que sumarle que las relaciones de niñas y adolescentes con adultos está naturalizada. No se habla de abuso en esos casos, existe un proyecto de ley para prohibir los matrimonios de adolescentes menores de edad con adultos que no se ha promulgado aún. 

Una enorme crueldad y desprecio por el cuerpo de niñas, adolescentes, mujeres y otras personas gestantes, ¿de qué modos se construyen transformaciones sociales para terminar con esta mirada punitivista?

-En Paraguay hay todo por hacer, y estamos en la tarea. Aquí seguimos luchando por una Ley de Educación Sexual Integral, que permita que niñes y adolescentes conozcan sus derechos, conozcan sus cuerpos, denuncien abusos, además educar a los varones ya que las tasas de feminicidios son altas y la violencia contra los cuerpos femeninos se viene recrudeciendo. Esto ocurre en un país con crisis económica y un Estado delirante que habla de un supuesto gigante de la energía, mientras que las familias no tienen ni comida, ni trabajo, ni educación, ni salud. Un Estado al que sobrevivimos, que nos ataca todos los días con sus políticas de odio, y que eligió a los feminismos como su oponente. Además, los grupos antiderechos se consolidaron con logros significativos en el primer año de gobierno de Santiago Peña, entre ellos la ley anti-ONG. Esa ley restringe el financiamiento externo a organizaciones de la sociedad civil, muchas de las cuales trabajan en derechos reproductivos y diversidad. 

Un momento muy complejo para los feminismos que, sin embargo, no claudican…

-Los feminismos vienen siendo uno de los movimientos que hace frente a esta realidad, con acciones directas, desde organizaciones sociales de la sociedad civil, desde espacios de encuentros comunitarios, desde las acompañantes que tenemos prácticas comunitarias de autogestión, con mínimos recursos, desde la precariedad, sacando ganas hasta del cansancio y la desesperanza de un futuro incierto y poco prometedor, estamos haciendo cosas increíbles, que nos llenan de vitalidad y sed de futuro, uno distinto. Lo estamos construyendo a pesar de todo. 

Con el horizonte del aborto libre, ¿qué representa la trama colectiva que se teje en la Red Compañera?

-Representa que la lucha feminista, la lucha por ser cada vez más autónomas y libres, permite tramar desde todo el mundo. Somos un ejemplo vivo de que la solidaridad no tiene fronteras, de que queremos ser libres y queremos que todas lo sean, que es posible acuerparnos todas por ese objetivo común y soñar juntas en ese horizonte, que nada nos detiene, que cada vez seremos más, que no pueden con la fuerza de las desobedientes, que somos radicales, que estamos dispuestas y disponibles para luchar, que no estamos derrotadas. No lograron quebrarnos la esperanza y eso tiene que ver con mirar a los costados y ver a otra compañera que está ahí si tropezamos y estar ahí si otra se cae, pasarnos la mano. La red que estamos tramando, cuando nos encontramos, disfruta y se alegra. Nos encontramos para enojarnos y tener rabia juntas, llorar conmovidas por lo que nos toca vivir, secarnos las lágrimas, abrazarnos y reír, para luego volver a nuestros territorios.

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