Acompañar abortos es sostener la vida

Foto: Maxi Burgueño
Crónica de un día socorrista en tiempos urgentes
En noviembre se cumplieron 7 años del inicio de Socorro Rosa Tres Arroyos. El 9 de diciembre recordamos también la primera vez que se prendió la línea pública de la colectiva. Entre esas dos fechas se escribe —sin índice ni instrucciones claras— una forma de acompañar abortos y de enfrentar a un sistema que todavía, aún con Ley de aborto, pregunta “¿por qué?”.
Por Daniela Cardano (Socorro Rosa Tres Arroyos)
Hay días que empiezan antes del mate. El teléfono vibra y aparece un mensaje corto, casi un susurro: “Hola, necesito información. No sé si estoy embarazada”. Itatí atiende nuestra línea pública y ya sabe que detrás de esas palabras no hay solo una duda técnica: hay una vida temblando, una pregunta que es también un pedido de compañía. Respira hondo, contesta despacio. Empieza el día socorrista.
En la mesa hay papeles, la pava calentando el agua, la casa medio en silencio. Pero dentro del teléfono ya se mueven mundos enteros. A veces son dos, tres conversaciones a la vez. Historias que vienen desde escuelas, trabajos, casas donde nadie sabe nada, habitaciones compartidas, hospitales que negaron un turno. Y en todas ellas late una pregunta que nunca se escribe pero siempre aparece: ¿Me vas a preguntar por qué?.
Ese es el primer gesto del acompañamiento: decir que no. Que acá no. Que acá la decisión encuentra un refugio. Que la autonomía no es un cartel vacío sino una práctica cotidiana, casi artesanal, hecha de palabras simples, pasos claros y mucha, mucha ternura.
En una de esas conversaciones, a media mañana, llega una frase que se queda dando vueltas. Una chica de 23 años nos confía algo que no había podido decirle a nadie. Dice que venía llorando en silencio desde hacía semanas, pensando que todo era un desastre. Que tenía vergüenza de preguntar. Que creyó que cuando escribió por WhatsApp nadie le iba a responder. Y que si llegaba una respuesta, era seca, distante, o peor: un sermón disfrazado de preocupación.
Pero no. Cuenta que del otro lado encontró una voz tranquila, un ritmo amable, una explicación paso por paso, sin apuro. Y que, aunque tenía miedo, no se sintió sola. Esa mañana, mientras Itatí sigue la conversación, ella dice algo que queda tatuado para siempre: que lloró de alivio, porque por primera vez en días sintió que recuperaba el cuerpo. No que lo ganaba: que lo recuperaba. Como si el derecho a decidir fuera una forma de volver a entrar en una misma.
El mediodía llega con más historias. Una adolescente que no puede contárselo a ninguna adulta cercana porque teme que la reten o la castiguen. Una mujer que trabaja muchas horas y necesita resolver sin que su jefa le pida explicaciones. Cada mensaje abre un mundo distinto, y cada mundo pide una forma de escucha particular.
No acompañamos desde la neutralidad: acompañamos desde una convicción política y afectiva. Desde eso que inventamos juntas y que tantas veces repetimos: la ternura organizada. No es una frase linda: es una práctica. Sostener sin invadir. Informar sin dirigir. Acompañar sin reemplazar decisiones. Nombrar lo que el sistema formal de salud calla. Hacer lugar a los miedos sin tratarlos como exageraciones. Decir la palabra aborto sin susurros ni vergüenza.
A la tarde llegan las dudas que más tiempo piden. “¿Y si me duele?”, “¿Estoy haciendo las cosas bien?”, “¿Es normal esto que siento?” Y nosotras, acompañantes de abortos, estamos ahí, como si nos sentáramos al lado de alguien que atraviesa un río. No podemos cruzarlo en su lugar, pero podemos garantizar que no lo haga sola.
A veces, en esas horas, no acompañamos solo el proceso físico sino escenas internas: una alegría inesperada, un alivio que viene mezclado con un cansancio profundo, una rabia contra un sistema que pone trabas donde debería tender puentes. Y también aparecen lugares nuevos: deseos de futuro, certezas, decisiones que se abren como puertas.
Hay un momento del día, casi siempre, en el que la persona nos avisa: “Ya empecé”. Y ahí la casa cambia de clima. El mate se enfría, el teléfono queda en la mano, la atención se vuelve más fina. Es como esperar a alguien afuera de la tormenta con una manta lista. No podemos acelerar el proceso, no podemos vivirlo en su lugar, pero sí podemos quedarnos cerca: sostener el hilo que une un cuerpo con una conversación que lo cuida.
Cuando llega el mensaje final, el que dice “Listo. Estoy bien”, algo adentro se afloja. No es romanticismo: es política. Es saber que otra persona pudo decidir sin ser disciplinada. Pudo transitar sin miedo. Pudo tener información clara y un acompañamiento respetuoso. En un país donde se recortan derechos como si fueran gastos, nosotras seguimos ampliando uno a fuerza de organización y presencia.
Y ahí aparece también algo que pocas veces decimos en voz alta: cómo nos transforma a nosotras acompañar. Cómo nos reorganiza emocionalmente, cómo nos educa, cómo nos devuelve el sentido.
Marina, una de nosotras, lo explica mejor que nadie cuando dice que cada acompañamiento le recuerda por qué elige este activismo. Que hay días en los que llega cansada al celular, pero que cuando lee un “hoy arranco” se le acomoda todo. Que no es solo dar información: es estar. Estar de verdad.
Y agrega algo que es casi un manifiesto: que cuando llega el mensaje final, ese “ya está”, siente que todas —las que armamos esta red viva— hicimos un pequeño acto de justicia. Que ella, Marina, socorrista, cada día vuelve a elegir estar del lado de quienes deciden.
Es así: el día socorrista termina cuando el último mensaje deja de escribirse. A veces es tarde. A veces estamos cansadas. Pero siempre queda algo latiendo: la certeza de que acompañar es una forma de sostener la vida. De cuidarnos.
Mañana, seguro, volverá a sonar el teléfono. Y ahí estaremos otra vez para que no se aborte en soledad.
📍 De cualquier lugar del partido de Tres Arroyos, podés llamar a Socorro Rosa Tres Arroyos: ☎️ 2983-345260
