Delia Barrera: una vida contra el silencio

El 5 de agosto de 1977, Delia Barrera y su esposo, Hugo Alberto Scutari, fueron secuestrados por el terrorismo de Estado. Ella sobrevivió a 92 días de cautiverio en el Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio Club Atlético; él continúa desaparecido. A 49 años de aquel día, Delia sigue sosteniendo la memoria, nombrando a sus compañeros y compañeras y desobedeciendo el mandato de silencio.
Por Daniela Cardano
En la pared de la celda, Delia Barrera hizo una raya por cada día. No tenía calendario, tenía una cuchara con la que marcó una detrás de otra hasta llegar a 92. Cuando uno de los represores le preguntó cómo podía saber con tanta exactitud cuánto tiempo llevaba secuestrada, ella le respondió que fuera a mirar la pared: allí estaban las marcas.
Era el 4 de noviembre de 1977. Delia todavía no sabía si realmente iban a liberarla o si se trataba de otra forma de tortura. Había aprendido que dentro del Club Atlético ninguna palabra de los represores podía ser creída.
Esa noche le quitaron las cadenas de los pies, le dieron ropa y le permitieron sacarse el tabique para mirarse en un espejo. Fue el primer encuentro con su propia cara después de 92 días. Había ingresado al centro clandestino con el pelo largo, pero durante el cautiverio se lo habían cortado con una tijera.
Antes de dejarla a una cuadra de la casa de su madre, uno de sus captores le ordenó que se olvidara de todo lo que había vivido, que olvidara aquel lugar y que también se olvidara de su esposo.
Delia hizo exactamente lo contrario.
Dejar de ser Delia
El 5 de agosto de 1977, Delia regresaba a su casa en el barrio porteño de Belgrano cuando cuatro hombres la sorprendieron detrás del ascensor. Uno llevaba uniforme de fajina de la Policía Federal Argentina y los otros estaban vestidos de civil. La tiraron al piso, le vendaron los ojos, le pusieron un cuchillo en el cuello y le aseguraron que el problema no era con ella.
Delia supo que mentían. Su esposo, Hugo Alberto Scutari de 27 años, había sido secuestrado ese mismo día en la vía pública y ella imaginó que, a esa altura, ya estaba en poder de las fuerzas represivas.
Mientras la mantenían cautiva dentro de una ambulancia, los integrantes del operativo desvalijaron su departamento. Después la trasladaron al Club Atlético, el centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionó durante 1977 en la ciudad de Buenos Aires y que fue demolido a fines de ese año para construir la autopista.
Al llegar le quitaron sus pertenencias, le cambiaron la venda por un tabique y le comunicaron que ya no tendría nombre. “Me dicen que a partir de ese momento dejo de ser Delia Barrera y soy H26”, recordó.
La llevaron a la “leonera”, un salón ubicado en el subsuelo donde permanecían alrededor de veinte personas detenidas. Delia lloraba cuando escuchó una voz conocida: Hugo estaba allí.
Los dos habían sido secuestrados el mismo día y los dos serían torturados en el mismo centro clandestino. Delia permaneció cautiva durante 92 días. La última vez que vio a Hugo fue el 20 de septiembre de 1977 y, desde entonces, él continúa desaparecido.
Los días en el Club Atlético
Durante los primeros días, Delia fue golpeada, amenazada con perros y sometida a torturas físicas y psicológicas. Después la llevaron a las salas de tortura, llamadas por los represores “quirófanos”, donde fue atada a una mesa metálica y torturada con picana eléctrica. En la habitación de al lado torturaban a Hugo.
Los interrogaban al mismo tiempo. Querían nombres, domicilios, actividades y datos de sus compañeros y compañeras de militancia. Hugo era delegado bancario y ambos militaban en la Juventud Universitaria Peronista.
Durante las torturas, los represores le fisuraron las costillas. Delia, además, cumplió 23 años dentro del centro clandestino. Con el paso de los días cesaron algunas formas de tortura física, pero la tortura psicológica continuó durante todo el cautiverio. Décadas después, sostuvo el testimonio de lo que había vivido, nombró a los represores, reconstruyó el funcionamiento del Club Atlético y declaró en distintas instancias para que los crímenes cometidos allí no quedaran impunes.
Pero también contó aquello que, incluso dentro del horror, les permitió resistir.
Una tos del otro lado de la pared
Delia y Hugo compartieron una celda hasta que, el 13 de septiembre, los separaron. Permanecían tabicados, no podían hablar ni quitarse los antifaces y, si los guardias los descubrían, los golpeaban. Para saber que el otro seguía allí, tosían.
“Él tosía y yo tosía y sabíamos que estábamos”, relató Delia.
El 20 de septiembre los llevaron al baño en una fila, con las manos apoyadas sobre los hombros de la persona que tenían adelante. Fue entonces cuando Hugo alcanzó a decirle que iban a trasladarlo a un penal, que ella pronto recuperaría la libertad y que debía ser fuerte. También le pidió que no lo abandonara, le dio un beso y volvió a su celda.
Esa misma noche, Delia escuchó un gran movimiento. Los guardias sacaron a varias personas, entre ellas a Hugo. Ella pidió poder despedirse, pero no se lo permitieron.
Al día siguiente, uno de los jefes represores del centro clandestino intentó convencerla de que su esposo se encontraba en una supuesta “granja de recuperación”. Durante el tiempo que todavía le quedaba de cautiverio, Delia imaginó que al recuperar la libertad podría encontrarlo.
Hugo nunca volvió.

Resistir dentro del horror
En su testimonio, Delia no habló solamente de los represores y de las torturas. También reconstruyó los pequeños gestos de solidaridad que circulaban entre las personas secuestradas: una palabra dicha a escondidas, una mano apoyada sobre un hombro sin saber de quién era, una compañera que ayudaba a otra a moverse con las cadenas puestas o una canción cantada en voz baja.
También recordó las veces en que, tabicados, golpeados, encadenados y vestidos con harapos, algunos compañeros y compañeras cantaban. Ella elegía canciones de Joan Manuel Serrat.
“Éramos solidarios a pesar de la venda en los ojos, a pesar de las cadenas en los pies y de nuestros cuerpos lacerados. A pesar de todo seguíamos siendo fuertes y no estábamos solos”, relató.
En un lugar organizado para destruir sus identidades, sus vínculos y su humanidad, esas pequeñas acciones eran formas de resistencia. Dentro de la oscuridad, una voz, una tos o una mano sobre el hombro podían recordarles que seguían siendo compañeros y compañeras, que todavía eran parte de una historia colectiva y que no estaban solos.
No cumplir el mandato de silencio
Después de su liberación, Delia declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, en el Juicio a las Juntas, en distintas causas por sus compañeros y compañeras desaparecidas y, en 1997, ante el juez Baltasar Garzón de España. Siguió dando testimonio cada vez que se lo pidieron.
Lo hizo por quienes permanecen desaparecidos y desaparecidas, por sus familias, por las personas que sobrevivieron y también por aquella última promesa que pudo hacerle a Hugo: ser fuerte y no abandonarlo.
“Nosotros no cumplimos con la orden de los guardias de quedarnos callados. Somos los que tenemos la palabra, los que decimos realmente lo que pasó dentro de los campos”, explicó.
Al cumplirse 49 años de su secuestro, Delia volvió a reivindicar a cada compañero y compañera que no regresó, volvió a exigir cárcel común y efectiva para los genocidas y volvió a decir que son 30.000 personas detenidas desaparecidas, frente al negacionismo.
También dijo que sí, que eran militantes, que tenían una ideología y que querían un mundo mejor. “Somos muchos los que no cumplimos el mandato de silencio”, concluyó.
Cincuenta años después del golpe de Estado y a 49 años de su secuestro, la vida de Delia puede contarse como la historia de una mujer a la que intentaron arrancarle el nombre y reducirla a un número, pero que salió del centro clandestino para recuperar su voz y nombrar a quienes ya no podían hacerlo.
En la pared quedaron las 92 rayitas que le permitieron contar los días. Hugo continúa desaparecido y Delia continúa sosteniendo su nombre, su historia y la memoria de sus compañeros y compañeras, porque no la callaron, porque no olvidó y porque nunca abandonó la lucha.
Mientras estas historias sigan siendo contadas, el mandato de silencio seguirá derrotado.
Por Delia, por Hugo, por todos y todas: Memoria, Verdad y Justicia.
